Temple de reina
De un partido de tenis se espera que se asemeje al destino, y con suerte al romance. Que sea a su manera veleidoso, intempestivo, impredecible, aunque tampoco tanto como para que nadie sepa qué esperar. He ahí la explicación más convincente de por qué en el partido final de un torneo de Grand Slam menudean las butacas vacías. Y esto ocurre no solamente en Melbourne, si las recientes finales femeninas de Roland Garros y Nueva York tuvieron que haber sido la ruina de más de un revendedor.
Nombres como Dinara, Jelena y Caroline han pasado por el número uno mundial con algo más de pena que gloria, luego de verse ahí más por la consistencia de sus números que por consumar siquiera una de las cuatro hazañas que se esperan del rey o la reina del tenis mundial. Valdría decir, plagiando a Los Panchos, que sin un Grand Slam le falta fuerza al corazón. Pero el problema está a ochenta y dos minutos de pasar de moda: ya sea que la campeona de Australia 2012 lleve por nombre Maria o Victoria, se llevará también ese número uno que en los años recientes da la impresión de ser asignado a través de un sorteo. Una cosa es gustar de un deporte impredecible y otra muy diferente aplaudir cada vuelta de la tómbola. ¿O no es cierto que todo pronóstico sobre el partido entre Maria y Victoria es tentación del diablo para el apostador y acertijo insoluble para el psicólogo? En todo caso, queda la esperanza de que una de estas dos, cuyo tenis alcanza virtualmente para cualquier proeza, termine hoy, aquí, con la era de las reinas irresolutas.
Una vez que aterriza la moneda, Maria Sharapova elige recibir, acaso calculando cuánto puede pesar el paquete de comenzar sirviendo una final de Grand Slam sin experiencia previa. Y ahí está ya un par de dobles faltas para confirmar que el momento le está viniendo grande a la primeriza, cuyas bien conocidas vacilaciones no son, por cierto, su mejor credencial. Con dos juegos en contra y 0-30 ya en el tercero, vale pensar que estamos asistiendo al principio del naufragio anunciado por tantos sharapovistas. Pero aquí es donde el duelo se parte en dos: súbitamente armada de una resolución a prueba de balas, Vika ataca con todo, arrebata los cuatro puntos siguientes y arrincona a Maria con tres puntos de quiebre que equilibran al cabo el marcador.
Si Sharapova luce un tanto lenta, Azarenka está en todas partes. Combinación letal que a partir de este punto desencadenará una masacre tal que acabará causando más morbo que estupor. Pues una vez anotado el 3-2 en favor de la campeona de 2008, nada ya volverá a salirle bien. Y nada es nada: firme al mando de sus armas mortíferas, fresca hasta la sonrisa y no obstante implacable como un ejecutor, Azarenka trepa de dos en dos los escalones hacia el trono mundial y se lleva los nueve juegos que siguen. Es decir, todo. El resto del partido, el trofeo del Australiano, el número uno planetario y un cuantioso botín de autoconfianza del que no sólo ella está necesitada, sino de paso el resto de sus competidoras. No en balde Novak Djokovic se ufana de haber sido entrenado por las felpas de Federer y Nadal, cuyo ejemplo ha elevado los estándares a niveles difícilmente imaginables.
Tras la demolición de Maria, la expresión de Victoria —una combinación de risa, estupor y catatonia— y la revolución en el ranking —Caroline Wozniacki cae al cuarto lugar, Sharapova se sube al tercero— provocan un efecto de frescura digno de reclutar algunas esperanzas de que exista la vida más allá de las Williams. Y entonces, sólo entonces, el tenis femenil se asemeje no ya a la lotería como al romance que solía ser. Todo eso cabe bien, por el momento, en la risa fresquísima de Victoria Azarenka.
481 Minutos jugó la bielorrusa Victoria Azarenka en el Abierto de Australia. En cuartos de final y semifinales fueron 90; en la final, sólo 61.


